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Catoira: la vida vikinga es la vida mejor

Serxio González Souto
Serxio González CATOIRA / LA VOZ

VEN A GALICIA

Menos «instagrammers» y más diversión; las Torres de Oeste recuperan su auténticas hordas

07 ago 2022 . Actualizado a las 21:28 h.

No es que lo que Catoira concibió el año pasado, marcado todavía por las cicatrices del coronavirus, estuviese mal. Una entrada regulada al entorno de las Torres de Oeste, rocosa fortaleza que defendía la ruta marítima a Compostela frente a normandos y sarracenos, y la música de Baiuca marcando su ritmo ritual al contado público que entonces podía congregarse a orillas del Ulla. Sucede que la Romaría Vikinga, declarada fiesta de interés turístico internacional hace veinte años, es otra cosa. Una romería —el nombre que lleva está bien puesto, con sus rosquillas, su pulpo, su churrasco y sus grupos de gaitas— amenizada por cuatro drakkar y sus cornudas tripulaciones, que atrae desde un fondo atávico a gentes llegadas de todas partes.

Vascos, toledanos, madrileños, andaluces, algún francés, británicos y al menos una pareja procedente del lejano del norte militaban el domingo a mediodía en la multitud que se abatió sobre el Castellum Honesti de Xelmírez, llave y sello de Galicia, según la leyenda que viste el escudo de Catoira. A las Torres se llega por tres caminos. Dos de ellos confluyen en un mismo punto, con la antigua fortaleza a la vista. Una senda de madera y otra de piedra que sobrevuelan las marismas del Ulla y a eso de las doce y media, treinta minutos antes de la invasión, registraban un fenomenal atasco. La otra discurre bajo el puente que comunica las dos orillas de la ría de Arousa. La entrada era fluida. La salida, en cambio, registró el pesado caminar de una marabunta lenta y adormecida, una especie de manada a lo walking dead.

Por alguna razón, cuando los vikingos celebran sus duelos al sol, los barriles de vino tinto han caído y la gente debería prestar atención a las muchas propuestas de comida y bebida que se ofrecen a la vista, decide, en cambio, escapar al tropel de las Torres de Oeste. No se entiende que Renfe no refuerce los trenes que se detienen aquí, para evitar el marasmo de coches, ni las prisas del personal por abandonar el campo de batalla. Será que, en lugar de la noche anterior, en la que Heredeiros da Crus —tremendo Toñito de Poi en tanga rojo de principio a fin— se comieron la madrugada vikinga a bocados, lo que pide esta romería es que el concierto siga al desembarco. Y que desaparezca tanto instagrammer julandrón. Qué pesados, por Odín, y cómo se echa en falta a Manolón, por Thor.