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El valle prehistórico que oculta la ría de Pontevedra

Marcos Gago Otero
marcos gago PONTEVEDRA / LA VOZ

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Restos de paleosuelo en Mourisca, Beluso, en el 2018
Restos de paleosuelo en Mourisca, Beluso, en el 2018 MARCOS GAGO

El mar recubre asentamientos humanos, carballeiras y praderas hasta Ons

28 ago 2022 . Actualizado a las 13:23 h.

Las azules aguas de la ría de Pontevedra ocultan un misterio, un mundo perdido mucho más real que la Atlántida. Mientras que del mito de Platón solo tenemos elucubraciones y cien mil teorías, del valle fluvial que hace cuatro mil años existía en lo que hoy es la ría de Pontevedra tenemos testimonios materiales y los estudios geológicos que lo avalan. En tiempos remotos, el territorio que conforma la actual Pontevedra no estaba al lado del mar. Tampoco lo estaban lo que hoy en día constituyen Marín, Sanxenxo, Bueu y Combarro.

El catedrático emérito en Geología de la Universidade da Coruña, Juan Vidal Romaní, explica que hace catorce mil años, la línea de costa la conformaban grandes dunas de arena fina a muchos kilómetros al oeste de las hoy islas Cíes, Ons y Sálvora, que en aquel entonces y durante varios milenios más siguieron unidas al continente. Toda la configuración de la presente ría de Pontevedra era una sucesión de bosques, de carballos y castaños, con praderas en las zonas más bajas. Un mundo literalmente perdido y del que de vez en cuando el mar arranca un recuerdo y lo estampa en las playas del siglo XXI para asombro de los vecinos, que no saben qué es.

Es lo que ocurrió en el 2018 cuando extrañas planchas de una sustancia compacta y pegajosa de color negro y marrón aparecieron en Mourisca, Beluso (Bueu). Vidal Romaní indica que se trataba de restos del suelo prehistórico, paleosuelo, que quedó sepultado por el mar y que ahí se preserva desde entonces. De vez en cuando las tormentas arrancan pequeños trocitos y los desparraman por la costa. Esta es una de las pruebas. Las rías son valles anegados por el Atlántico. Un fenómeno singular y que la mayoría de los vecinos que hoy viven en sus orillas ignoran. Otro lugar donde se constata este paleosuelo es la lagoa dos Nenos, en Cíes.

Vacas, caballos y ciervos

Para hacernos una idea de cómo fue ese mundo que se perdió, este geólogo invita a usar la imaginación y también los conceptos que tenemos sobre la actual costa gallega. «Si el valle fuese muy encajado tendría solo bosques y el río abajo; y si el valle fuese más abierto tendría zonas de pradera a ambos lados y en las zonas más elevadas habría bosques», señala Vidal Romaní. «La vegetación era prácticamente la actual, menos los eucaliptos. No serían cambios dramáticos, si bien el mar estaría mucho más alejado» comenta. En algunas zonas sería posible encontrarse bosques de tipo mediterráneo, como madroños en algunos entornos más secos.

¿Qué fauna habría en aquellos bosques y praderas que hoy hay que explorar con traje de buzo y botellas de oxígeno? Vidal Romaní indica que no debía ser una fauna muy distinta a los restos óseos que sí se han podido estudiar en A Mariña. «Vacas, caballos, ciervos, lo que podríamos ver en la actualidad en cuanto a grande ejemplares. La única diferencia con hoy serían los ciervos. Sería una fauna muy parecida a lo que podemos encontrar ahora en Galicia», recalca.

Ese valle fluvial estuvo abierto a la expansión de los humanos. «En aquellos momentos, aunque no fuera el mismo tipo de concentración, casi toda la población estaría al borde de la costa», relata. Es decir, buena parte de los poblados más primitivos de los primeros pontevedreses se encontrarían bajo las aguas que hoy surcan pesqueros, yates y mercantes.

Presencia humana

«En la costa entre Viana do Castelo, en Portugal, y Baiona, ves que todas las playas de cantos están llenas de bifaces y de herramientas de piedras hechas por la gente del Paleolítico que vivía en la costa», comenta.

«Al subir el nivel del mar, las olas empujaron todos estos cantos para fuera y se pueden ver muchos en las playas. Donde las he visto en mayor número es en Portugal, pero también en Galicia. Esto quiere decir que hay cantidad de yacimientos que están por debajo del agua ahora, inundados por el mar». Estos campamentos antiguos no se han localizado bajo el mar, pero sí que consta la aparición de herramientas prehistóricas en playas actuales de Marín, Poio y la isla de Tambo.

«Hace quince mil años empezó a entrar el mar poquito a poco, pero a la actual entrada del Lérez en Pontevedra, probablemente llegó hace unos cuatro mil años, que se situó en una posición no idéntica a la actual pero próxima», apunta. Como indicio, desde la época romana, el nivel del mar ha subido seis metros, en base a la ubicación de las salinas y otras estructuras del Imperio.

¿Qué esperar del futuro? El aumento del nivel del mar sigue creciendo. Ya lo hizo en el pasado, porque en la costa pontevedresa hay playas de cantos que están fuera del actual litoral, a unos dos o tres metros por encima. Con este precedente, Vidal Romaní cree que las futuras generaciones deberán construir muelles más altos y refuerzos en las defensas de las ciudades para evitar problemas mayores.