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¿Por qué este artista peregrinó a Santiago con una gallina y se ganó el apodo de 'chicken man'?

La Voz SANTIAGO / LA VOZ

VEN A GALICIA

El técnico audiovisual catalán, que trabajó con directores como Ken Loach, llegó a Compostela tras peregrinar desde Tarragona junto a su gallina, con la que muchos se inmortalizaron en el Obradoiro. Ya se le conoce como «el pavo del pollo»

22 oct 2023 . Actualizado a las 23:42 h.

Admite riendo que no pasa desapercibido. «A lo largo del Camino eran muchos los que ya me preguntaban si era el chicken man y me pedían poder tocar a la gallina», señala divertido el técnico audiovisual -«y, sobre todo, artista»- Boris Zapata, de 52 años. Nacido en Cataluña, fue desde Tortosa, en Tarragona, desde donde partió el pasado junio hacia Santiago protagonizando una de las peregrinaciones más peculiares de los últimos tiempos. «Todo nació tras una quedada con amigos. Ellos siempre admiraban que yo viajase solo. Por mi trabajo tengo rodado en Europa, Latinoamérica o Asia y luego aprovechaba para conocer los países. Fue a partir de su supuesta cobardía, de mi alegría de vivir y también de esa frase que mueve montañas, la de que ‘a que no hay huevos', cómo se me ocurrió emprender la ruta hacia Santiago con una gallina. La idea era demostrar que se puede viajar solo, con tus miedos. Todo viene de la frase hecha de 'ser un gallina'. Es la excusa perfecta para enfrentar el miedo, algo que nos coarta a todos en algún momento», encadena, sin perder nunca de vista el lado jocoso de la vida.

«Un amigo me regaló a la gallina poco antes de partir hacia Compostela. La llamé Leopolda Alas Clarín por el conocido escritor, del que cautivó su obra cumbre, La Regenta. Con lo de ‘alas' mataba dos pájaros de un tiro», bromea. «Con un poco de inconsciencia se puede hacer de todo, cualquier aventura. Muchos al ver mi bicicleta, que lleva para la gallina una caja de madera con ventanas -que se agarra en su parte frontal-, me preguntaban si estaba loco, pero la verdad es que ha sido una experiencia maravillosa. Nunca había hecho el Camino y me cautivó. Lo haces solo, pero nunca te sientes solo. Compartes de todo con gente a la que no conoces de nada. Para muchos, andando y hablando se diluyen los problemas, y eso es mágico», reflexiona Boris.

Ya desde Santiago, adonde llegó esta semana, reconoce que su sosegado y sorprendente periplo causó sensación.«Tardé más de cuatro meses en completarlo, porque en varias localidades me paré varias semanas, como en Zaragoza, donde me quedé tres. Luego, ya cerca de Logroño, hacía tanto calor que decidí desviarme hacia la sierra. En un pueblo riojano, en El Rasillo de Cameros, coincidió que se celebraba un clásico festival de cortos y mi gallina y yo participamos con uno, que se llama Manda huevos. Ganamos un premio», sostiene, hablando en plural al incluir siempre a su ya famosa compañera. «Me da un huevo al día», afirma. «Muchos peregrinos, desde chinos a camboyanos, me enseñaron a decir su nombre en sus lenguas», desliza sonriendo.

Aún en La Rioja, reconoce que otra parada obligada en su ruta era Santo Domingo de la Calzada, donde continúa viva una de las leyendas jacobeas más extendidas, la del gallo y la gallina que cantaron después de asados, y que permite a su catedral ser el único templo con derecho a tener animales vivos en un gallinero. «Conocí al chico que mantenía a los animales y le dije que si podía meter a mi gallina junto al gallo que está en la Catedral. Ese día el gallo Claudio cantó como nunca», ironiza Boris, comentando a su vez que en esa localidad, de clara vocación hospitalera, fue la única del Camino donde le pusieron pegas para dormir en el albergue. «En todos, y a pesar de que está prohibido meter animales, les desconcertaba tanto lo de la gallina que al final siempre me buscaban una salida. El de Santo Domingo fue el único donde no se pudo», señala.

Tras proseguir ruta y completar sobre 60 kilómetros diarios -«en Galicia tuvieron que ser menos»- llegó este pasado lunes a Compostela, donde fueron muchos los que no dudaron en inmortalizarse con su gallina en el Obradoiro.

«Hoy me voy a Ourense a visitar a una amiga que tiene un gallinero. Todo el mundo me decía que qué iba a hacer con la gallina al llegar a Santiago. Yo bromeaba con que me la iba a comer o que haría sopa con ella. Lo debí decir tan serio que cerca de Ponferrada un señor de 80 años me dio dinero, 15 euros, para que la indultase», comenta asombrado. «Se va a quedar allí, en Ourense», asiente, pensando ya en cómo transformar su Camino, conocido como el pavo del pollo, en un nuevo proyecto audiovisual.

Con 60 películas a sus espaldas como sonidista, Boris, que habla cinco idiomas, forjó su carrera sobre todo en Barcelona, haciendo varios proyectos también a nivel nacional. Un salto importante en su trayectoria fue cuando trabajó en dos ocasiones con Ken Loach, el director de cine británico a quien muchos en Santiago aún veneran después de que películas como Mi nombre es Joe o Pan y rosas provocasen continuos llenos en el Festival Cineuropa. «Yo trabajé con él, primero como auxiliar de sonido, en dos filmes, en Tierra y libertad (1995) y La canción de Carla (1996). Me acuerdo que en un momento él me preguntó si yo quería vivir para trabajar o trabajar para vivir. Eso, y todo lo que conocí en Nicaragua durante el rodaje del último filme con él me hizo reflexionar mucho. Creo que Ken Loach fue un precursor de mi cambio de vida. A partir de ahí crecí como fotógrafo y me formé como operador de cámara», asiente agradecido, pensando en el proyecto que busca hacer con su particular Camino. 

«Mi idea es mostrar mi ruta, lo que aprendí, mi convivencia con la gente, lo que supone de superación de miedos. Es una frase hecha, pero el Camino es mágico y a mí también me cambió la vida», asiente. «En unos días volveré a la Toscana, en Italia, donde vivo, pero ya sin mi gallina», comenta divertido.