La proliferación de altares, la cara menos amable del Camino

Rebeca Cordobés

VEN A GALICIA

Un reguero de objetos acompañan los últimos 10 kilómetros de la ruta, una costumbre que lleva años asentada en Fisterra

10 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

«Protege a mamá». «Salud para Olimpia». «Nunca te olvidaremos». Son algunas de las frases que se pueden leer en un altar en el Monte do Gozo. Los peregrinos dejan allí, escrito sobre piedras o cartas de la baraja, los pensamientos que los han acompañado durante el recorrido. Lo mismo sucede en el mojón de entrada a Santiago, junto al aeropuerto de Lavacolla. La última etapa de la ruta xacobea se llena de altares improvisados. Velas, estampitas, piedras, pulseras, palos, pañuelos, cordones de zapatos, prendas de ropa e incluso mascarillas saturan los últimos kilómetros del Camino.

«Nos hemos encontrado con bastantes cosas así en las últimas etapas, sobre todo recordatorios de personas fallecidas», cuenta un peregrino junto al altar improvisado de Monte do Gozo. Alguien ha dejado allí hasta una lápida, con foto incluida. «La gente que hace esto es porque lo siente. Pone cosas importantes», comenta una de sus compañeras.

Ninguna de las ocho personas que componen el grupo, formado por una familia de Valencia, ve estos monumentos como un problema. «Si se hace desde el sentimiento, no por hacer», matizan. Pero lo cierto es que el Cabildo de la Catedral se vio obligado a retirarlos esta semana debido a la saturación de altares que se había formado en los últimos tramos del Camino. Prueba de ello es que este mismo viernes un peregrino inglés se sorprendía al llegar al cartel de entrada en a la capital gallega, situado en San Lázaro, y verlo limpio. «It's clean!», exclamaba. Solo quedaban las pegatinas y los candados.

La costumbre de dejar piedras en los mojones viene de lejos. Una de esas tradiciones no escritas que es habitual en cualquier camino. Poco importa si lleva a Santiago a la ermita donde se celebra una romería. El problema surge cuando se saturan las rutas. Y la de Santiago lo está. Basta con fijarse en los datos. El pasado mes de septiembre se entregaron casi 38.000 Compostelas. Si cada una de esas personas deja su huella en el cartel de San Lázaro, poco tardará en acabar completamente opaco.

Además de las piedras y alguna que otra roca que bien podría sustituir al santo de los croques por su tamaño, se unen otros elementos. Desde cruces hechas con palos hasta botas, pasando por todo tipo de mensajes escritos. Aunque este fin de semana los últimos kilómetros del Camino se muestran más limpios debido a las imágenes publicadas por los medios de comunicación, hace unos días el cartel de San Lázaro parecía un collage.

«Hoy aún no vi nada, pero suelen dejar cosas por todas partes», comenta un vecino de Lavacolla junto a las vallas del aeropuerto, otro de los puntos donde proliferan los altares. Cerca de allí, en el núcleo del municipio, hay un regato donde los peregrinos acostumbran a lavarse los pies y, ya de paso, soltar lastre abandonando algunas prendas.

Pero la voz de alarma surgió esta semana, cuando las escalinatas del Obradoiro aparecieron llena de piedras, cartas y hasta chalecos reflectantes. Una imagen que no agradó ni al Concello ni a la propia Catedral. Cabe recordar que la fachada está recién restaurada y la extensión de esta práctica puede suponer un problema para la conservación del patrimonio. Aunque desde el Cabildo de Santiago aseguraron que los objetos se retiran, reconocen que al poco tiempo vuelven a aparecer.

Sin embargo, la imagen menos amable del final de la ruta no son los altares, las piedras o los recordatorios de personas fallecidas. Hay quienes quieres dejar huella, literalmente, y escriben con rotulador o espray sobre los mojones. Una práctica que se concentra, sobre todo, en los últimos diez kilómetros del Camino, donde alguien se ha encargado de redecorar todos los hitos y señales con un corazón y un infinito.

El problema en Fisterra

Si los alrededores de Santiago padecen un bum de altares y recordatorios, en Fisterra el problema se multiplica. Allí termina el Camino y es el lugar donde los peregrinos abandonan un sinfín de objetos que los han acompañado durante el viaje. Culpa, en parte, de la tradición que dice que hay que quemar las botas al llegar. Una práctica nada aconsejable por los peligros que conlleva.

Lo cierto es que los alrededores del faro se encuentran saturados. No solo hay de recuerdos, piedras o cartas. Prendas de ropa, botas, cordones, trozos de tela e incluso basura conforman un paisaje que, lejos de reflejar la espiritualidad del Camino, muestran su cara menos amable.