El único bar de Bruma, final de etapa del Camino Inglés: «No verán facemos unha pota de 45 litros de caldo e ás catro da tarde non queda nada»

REBECA CORDOBÉS

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María Graña hace filloas en su restaurante, Casa Graña, el único bar de Hospital de Bruma, donde paran los peregrinos del Camino Inglés
María Graña hace filloas en su restaurante, Casa Graña, el único bar de Hospital de Bruma, donde paran los peregrinos del Camino Inglés MARCOS MÍGUEZ

Hablamos con María, la dueña de Casa Graña, el único local de hostelería abierto en Hospital de Bruma, una para obligatoria para los peregrinos de la ruta

29 dic 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace siete años, los vecinos de Hospital de Bruma, una pequeña aldea de Mesía final de etapa del Camino Inglés, tenían que desplazarse hasta O Mesón do Vento para tomar el café en un bar. Sin embargo, el auge de la ruta xacobea y una serie de circunstancias personales de María Graña, una de las habitantes del lugar, dieron lugar a la apertura de Casa Graña. Es el único local de hostelería del pueblo, pero en temporada alta por sus mesas pasan más de cien personas al día. «No verán facemos unha pota de 45 litros de caldo e ás catro da tarde non queda nada», comenta la hostelera de 67 años.

Lo cierto es María Graña nunca se imaginó regentar un negocio de hostelería. «A idea de abrir o local surxiu a raíz dunha enfermidade da miña nai. Tiven que deixar o meu traballo na Coruña para coidala e, á vez, tivemos que restaurar a casa familiar, que ten 988 anos, para non deixala caer», cuenta. Las obras se hicieron con la intención de alquilar el edificio vacío, gratis durante los primeros meses, para que los inquilinos pudieran adaptarlo a su negocio: «Había xente que quería alquilala polo tema dos albergues porque o Camiño Inglés empezaba a funcionar».

Era el 2015 y la ruta superaba, por primera vez, la cifra de 9.000 peregrinos, un 3,5% del total de ese año, y se posicionaba como la cuarta más popular, tras el Camino del Norte, el Portugués y el Francés. En el 2011, el primer año tras el Xacobeo del 2010, apenas 2.700 personas, un 1,5% del total de peregrinos, habían optado por el itinerario, que era el sexto en popularidad, solo por delante del Camino de Fisterra y Muxía.

Una serie de circunstancias o, más bien, exigencias de guion de Patrimonio debido a la antigüedad de la casa, que incluso llegó a ser un hospital de leprosos durante la guerra, duplicaron el coste de la obra. Una situación que llevó a María Graña a decantarse por abrir ella su propio local: «A enfermidade da miña nai seguía, pero eu tampouco quería deixar o traballo porque había catro anos que morrera o meu marido. Cando a miña nai morreu, uns meses antes da apertura, puiden seguir traballando na Coruña, onde era autónoma da limpeza, pero pensei: se agora alquilo esto e quen veña o destroza…».

Así nació Casa Graña. «Ao principio paseino moi mal porque nunca traballara en hostalería. Fai 48 anos marchei a Suiza, estiven alí 12 anos e levo 36 anos de volta, traballando fóra da casa», cuenta María. Gracias a su carácter, esfuerzo y a ese espíritu de lucha que caracteriza a muchas de las mujeres de la Galicia rural, levantó el restaurante. «Aínda que me fose moito peor, nunca pensaría "por que me metín aquí", porque foi pola miña nai», admite.

«Meu home, cando viñemos de Suiza, tiña a idea de montar un bar porque lle encantaba a cociña. Sempre lle dixen que podía montalo pero que non contara conmigo. Por eso, nunca máis direi "desta auga non beberei". Despois de morre el, cunha idade que xa non é adecuada para montar nada, con 60 anos, abrín esto. Ás veces na vida non sabes o que te vas enontrar. Eu non tiña problemas, tiña traballo... E aquí estou», resume.

La receta del éxito: ingredientes «da leira» y cocina «da casa»

«Empezamos con 12 litros de caldo e fomos aumentando. Agora poñemos a pota de 45 litros e ás veces ás 4 da tarde non hai caldo, no verán!». Atienden tanto a peregrinos como a vecinos, que en muchas ocasiones vienen de otras localidades atraídos por la fama de su cocina. «Tamén ven moita xente que veu facer o Camiño e agora repiten coa familia. Din que comeron de maravilla e veñen polo verán porque non teñen problema de aparcamento, os nenos saen xogar fóra… Aquí sería de maravilla para facer un parque para os nenos —dice mientras señala una explanada en el exterior del local—, pero eu xa vou vella… Quérome xubilar este ano», concluye. «Este 23 de decembro cumpro 67 anos e pechamos por un mes para darlle ao persoal as vacacións».

En Casa Graña trabajan otras cuatro mujeres, aunque en invierno se quedan en tres. La baja afluencia en el Camino de Santiago propia de estas fechas hace que buena parte de los ingresos dependan de otro de los platos fuertes del local: las comidas por encargo. «Este ano vimos peregrinos coma nunca el Camino Inglés ha batido su propio récord y ya antes de diciembre superaba las 23.500 compostelas entregadas—, pero tamén fixemos máis comida por encargo coma nunca: callos, cocido, lacón... Antes na aldea non era normal», cuenta María. Lo cierto es que la apertura del bar cambió la vida en Bruma, donde sus 50 habitantes apenas superan el número de plazas del albergue público y del privado.

Albergue público de Bruma, en el Camino Inglés
Albergue público de Bruma, en el Camino Inglés CRISTÓBAL RAMÍREZ

El menú de Casa Graña varía en función del público, eso sí. «Para os peregrinos temos sempre o mesmo porque despois de probar moitas cousas démonos de conta que é o que mellor funciona. De primeiro hai caldo ou ensalada de pasta —en invierno se sustituye por otro plato de cuchara—, de segundo lacón ou zancos de polo e de postre temos natillas e arroz con leite caseiro que se fan todos os días, igour, tarta xeada ou café», explica. Todo por 10 euros, pese a la inflación, y con bebida incluida. «O pan non se cobra porque non quero que ninguen leve fame», matiza María, con una frase propia de una abuela gallega.

Y es que si hay una razón por la que venden 45 litros en pleno agosto es que se trata de uno de esos caldos que solo saben cocinar las madres o las abuelas. «O primeiro que se fai é poñer a pota pola mañá —lo mismo hacen con el cocido— e coce ata á unha da tarde», explica. «Aquí estamos chapados á antiga, facemos comida de casa, coma a de antes. Non traballamos salsa que non sexa caseira, nin utilizamos máis especias cas dos callos. Por ter, non temos nin ola exprés».

Este estilo casero se hace notar también el menú que suelen pedir los vecinos. «A xente de aquí xa piden eles, coma se estivisen na casa, xa saben máis o que hai», cuenta María, que es de las que no tienen problema en freír unos huevos y unas patatas si se lo pide el cliente, ya sea peregrino o local. Además, los fines de semana siempre tienen callos y, desde que empezó el frío, filloas. «Póñome a faceleas e a xente as quita diretamente da filloeira», cuenta entre risas.

Otra de las claves del éxito de Casa Graña son los ingredientes con los que se cocina. Decir que son de proximidad, sería quedarse corto: «Aquí é todo fresco. O grelo vouno coller eu á leira», cuenta la hostelera. Entre la cosecha de los vecinos de Bruma y los productos que plantan las trabajadoras en sus fincas, nunca tienen que comprar verduras. En cuanto a la carne, María, que es de familia ganadera, se encarga de conseguirla «na mesma carnicería de sempre».

Entre el bar, el comedor y el alpendre, en días de temporada alta pueden sentarse a la mesa unas 150 personas, comenta la hostelera. Además de los peregrinos, los fines de semana suelen estar a rebosar gracias a las comidas familiares, de grupos de amigos o organizadas por el motivo especial que sea. Por suerte, cuentan con la ventaja del idioma. De su época en Suiza, María habla italiano «coma se fose galego» y puede mantener una conversación en alemán sin problemas, «aínda que facía trinta anos que non o usaba». Un poco de inglés y la receta está terminada.

Las trabajadoras de Casa Graña volverán a poner la pota de caldo al fuego en enero, ya que ahora les toca disfrutar de sus merecidas vacaciones. Un día de jornada arranca algo antes de las 9 de la mañana, con los desayunos de los peregrinos, y termina a las 22.00 horas, cuando cierra sus puertas el albergue público. La cocina funciona de forma ininterrumpida desde el mediodía. «En verán asamos todos os días uns 60 zancos de polo e dous lacóns. E pelamos uns 40 quilos de pataca!», cuenta María.